Sobre el efecto de las palabras

Con el corazón en la mano, existe seguramente una palabra que fue empleada una vez por lo que respecta a ti y que todavía te pone rabioso o te da pinchazos cada vez que la escuchas y en la que piensas que se debería borrar del vocabulario. Quizás la persona que te la atribuyó no quiso insultarte, la usó sin segunda intención, meramente la palabra pertenecía a su lengua y describía su pensamiento con precisión.

Hace treinta años me compré una bicicleta de carreras. Para hacerlo bien recurrí a un especialista de bicicletas que podía tomar en consideración mis deseos para la marca de algunos componentes, para el color o para los accesorios – mejor dicho para tener lo menos posible de suplementos y de peso. Estábamos finalizando el ajuste de la bici y me encontraba en el sillín para regular su altura cuando le oí decir por sí mismo la palabra funesta de piernas cortas. En el momento me quedé sin habla, soló le eché una mirada fulminante que no percibió porque estaba absorto en su trabajo.

¿Y si tuviera razón? Para hacerme amiga de está constatación desarrollé obsesiones que retrospectivamente parecen dignas de una adolescente en crisis. Me miraba en el espejo de delante, de perfil, desnuda, vestida. Estudiaba el Hombre de Vitruvio con el que Leonardo da Vinci demuestra las proporciones ideales del cuerpo humano. Observaba si sería necesario acortar los pantalones que me probaba en las tiendas. No pude descubrir alguna verdad en el juicio del vendedor de bicicletas, sin embargo, seguí dudando durante mucho tiempo. Ya no sé como dejé de mirarme el ombligo.

Tengo que admitir que no a menudo me tropiezan estas tres palabras, pero aún ahora me llaman la atención y provocan una risa agridulce reforzándome en la idea que la mirada estética difiere de la mirada técnica.

Nunca el vendedor se ha enterado de los efectos que causó su palabra fatal. Ocurre que a veces paso en bici delante de su tienda y veo a este hombrecito entrecano y jorobado entre las bicis que se acumulan por el suelo de su taller, y es entonces que no puedo menos de pensar: “Quizás soy de piernas cortas, pero por lo menos he envejecido mejor que tu.” Y me voy pitando con una sonrisa triunfal.

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