El agua se vuelve mi enemigo

Hoy he querido saberlo. ¿Puedo nadar en la piscina sin que me asalte el pánico? Las experiencias traumáticas que había tenido las semanas pasadas al nadar en el lago de Constanza me marcaron y por eso me he preguntado si iba a sufrir lo mismo en el ambiente conocido y claro de la piscina. Antes de salir dejé desfilar por mi cabeza imágenes donde me gustaba nadar en estilo libre, de espaldas y bajo el agua, imágenes de bienestar y de satisfacción. Encadené mi bicicleta, entré en el edificio, compré una entrada, pero no pude impedirme decir a la empleada de la piscina que hace largo tiempo que no había venido como si quisiera llamar su atención para que me protegiera. Con naturalidad me puse el bañador, las gafas, entré en la zona de baño llena de luz, bajé los escalones en el agua y reconocí enseguida la sensación suave del agua en mi piel y la sensación liberadora del movimiento completo y flotante que el cuerpo efectúa bajo el agua. Un momento de felicidad. No obstante, fui cuidadosa y estuve atenta, pues sabía que a veces tal sensación no dura. Después de hacer seis largos y pararme al final de cada uno para tomar consciencia de la distancia, comencé el séptimo y poco a poco me di cuenta de que estaba respirando más cortamente y que un abismo obscuro se abría delante y debajo de mí y me paralizaba. Ya no sé como volví a los escalones y salí del agua. Me senté en el sol junto al cristal, traté de pensar con claridad pero no pude menos que comenzar a llorar. ¿Que pasaba en mi vida? ¿Cómo era posible que un elemento amigo se convierta sin razón visible en un elemento enemigo? Decidí hacer otra prueba. Pero antes de ir al agua, me dirigí a la instructora que conozco desde hace años para contarle mi situación y pedirle que me observara cuando estuviera nadando. Finalmente hice algunas vueltas en círculo en la parte para los niños y luego traté de dar prueba de mi confianza en la piscina para los nadadores. ¡Que decepción! Al final no pude ni siquiera llevar a cabo un medio largo. Fue solamente cuando la instructora encendió la luz submarina que logré hacer de nuevo dos largos fijándome únicamente en el final del trayecto y ocultándome así de la parte honda y oscura de la piscina que está reservada para los saltos de trampolín. Estuve orgullosa de mi éxito, pero totalmente exhausta.

Un día después, el domingo, experimenté una situación similar al irme a Engadina con el coche. Me alegró la posibilidad de ayudar a una amiga y conduje sola oyendo la radio.  Cuando entraba en el túnel de Kerenzerber en la orilla del Walensee me abandonaron las fuerzas y la concentración. Sentí que mis piernas y mis pies ya no querían obedecerme. Enseguida fue claro que tenía que dominarme si no quería tener un accidente. Como el túnel era largo (casi seis kilómetros) y la circulación intensa, no debía permitirme ningún error hasta la salida del túnel. Sin duda, el instinto de supervivencia me acompañó durante el viaje y me ayudó a llegar sana y salva a St. Moritz. Fue horrible.

Esta experiencia de pánico se relacionaba bien con la del día anterior y aunque la sensación ya no me era desconocida, nunca la había vivido con esa intensidad. Debí afrontar la nueva situación y tomar al toro por los cuernos para no quedar presa de mis angustias y para también poder sentir de nuevo el bienestar que me procuran los momentos en el agua. Dos días después volví a la piscina y probé familiarizarme con mi enemigo. En las semanas siguientes repitiendo regularmente las secuencias de natación y con la breve ayuda de un terapeuta recuperé la confianza inicial. Mi cuerpo y el agua hicieron las paces.

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