2. Arequipa
Arequipa, la ciudad blanca, fue la siguiente estación y no decepcionó mis expectativas. Hermann, nuestro guía, que, por cierto, me cayó bien porque era muy culto y caótico – periodista de primera formación, se cambió al turismo para ganar un poco más dinero y, especialmente, porque hablaba bien alemán gracias a una estancia que hizo en Schaffhausen durante sus años escolares – supo como introducirnos al arte de la escuela arequipeña. En camino entre el aeropuerto y Arequipa hicimos una pausa en Yanahuara, un pueblo afamado por su Mirador que ofrece una vista admirable de la ciudad blanca y por su templo católico, la Iglesia San Juan, que está dedicada a San Juan Bautista. Contemplando la fachada de esta iglesia nos mostró detalles que caracterizan el arte de Arequipa en el barroco mestizo sudamericano; es decir, la elaboración compleja y completa de la piedra blanca de sillar como si se tratara de arte mudéjar y, también, la introducción de elementos andinos en la iconografía cristiana. Verdaderamente, un acercamiento sencillo y cuidadoso, lo que le agradezco mucho porque la visita de la iglesia de la Compañía que hicimos pocas horas después, ya en la capital, habría perjudicado la percepción de los matices del arte arequipeño. Pero adelantemos sistemáticamente. Nos condujeron al hotel Casa Andina Premium, un upgrade del hotel reservado, lo que me parecía una pena, dado que nos quedamos en la habitación solamente para dormir sin disfrutar plenamente de ese espacio tan acogedor. La grata sorpresa al entrar en los hoteles se repetía cada vez y pertenecía a fin de cuentas al placer de viajar. Y está bien así, pese a su excesivo lujo. Como nuestro tiempo en la ciudad era limitado, tuvimos que hacer la visita por la tarde. Empezamos con el centro de la vida social, la Plaza de Armas. Fuimos acogidas por una salva de disparos, no en nuestro honor, sino para celebrar la llegada de una persona más importante que nosotros. Lo que me asombró fueron los estallidos que aquí manifestaban alegría y que yo refiero más bien a un acontecimiento agresivo. Mucho ruido para nada. La Plaza de Armas fue una experiencia increíble. Verde por los árboles, las palmeras, las araucarias, blanca por la piedra de sillar con la que los españoles construyeron las líneas inquebrantables de arcos en estilo colonial alrededor de la plaza, azul por el cielo sin nubes que nos esperaba, gigantesca por sus medidas y por el predominio de la catedral. No obstante, me parecía como si la plaza flotara o como si yo flotara. Seguimos caminando y subimos al primer piso de uno de los arcos. En ese momento me di cuenta de que el suelo no estaba plano, sino levemente inclinado hacia la catedral. ¿Puede esta ligera inclinación explicar mi sentido de extrañeza? Nunca lo sabré.
Hasta ahora he aludido al arte arequipeño cuyo culmen se halla en la Basílica Catedral o en la Iglesia de la Compañía, dos edificios que los Jesuitas hicieron construir. El diseño procede de España, pero es nativo el tallado de la piedra y los motivos en la mayor parte de la decoración. Un ejemplo del diseño español se encuentra en las pilastras muy ornamentadas, un ejemplo de la presencia nativa se encuentra en el uso del puma como motivo. Este barroco latinoamericano se denomina también el churrigueresco. Es en la Capilla de San Ignacio que vi la cumbre del arte decorativo arequipeño. Las paredes y la cúpula de la Capilla no dejan ningún espacio sin color y crean un ambiente tropical con extensas enredaderas de flores exóticas que alternan con frutos y pájaros de vívidos colores. Me encontré en un invernadero tropical que me parecía no tener nada que ver con lo sagrado.
Para completar la visita de Arequipa fuimos al Monasterio de Santa Catalina. Entramos en una pequeña ciudad dentro de la capital, en un cofrecillo de colores vivos rojo, azul, blanco, en el que reinaba el silencio y el orden a pesar de la visitas guiadas. Anduvimos por las calles, dimos un vistazo a las celdas y a las habitaciones que las monjas habitaban y estábamos llenas de admiración por la vida austera y espartana a la que las monjas se sometieron al entrar en la orden. Cerca de ese movimiento turístico viven todavía en un parte aneja al monasterio unas veinte monjas recluidas y aisladas de la vida exterior, lo que le confiere un misterio atemporal al complejo monasterial.
Aunque no fuimos al Museo Santuarios Andinos que aloja a la Juanita, una de las niñas incas que fueron sacrificadas y enterradas en la cumbre glacial del Ampato y que fueron descubiertas en1995, creo que tuve una impresión exhaustiva y durable de Arequipa. Me encantó esta ciudad.
Hermosos textos interesantes y muy motivadores para enriquecer mis conocimientos de la lengua española y de la cultura. Muchísimas gracias!
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Gracias por el comentario. Yo también aprendí mucho al escribir los textos 😉
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