
Como me encontraba en Bruselas, la ciudad en la que René Magritte había estudiado y vivido toda su vida, a excepción de tres años en París, planeé ir a su museo para tratar de comprender mejor a este artista que hasta ese momento era enigmático y desconocido a mi sensibilidad artística. Pero finalmente decidí visitar la exposición temporal Dalí–Magritte presentada en los Musées Royaux des Beaux-Arts de Belgique. Así, tuve la oportunidad de investigar a dos pintores que nunca habían tocado mi corazón. Quizás cambiara mi opinión. Tuve curiosidad por saber cómo se puede reunir a dos artistas tan diferentes aunque ambos pertenezcan al movimiento surrealista, el uno excéntrico, extravertido, al servicio del subconsciente, el otro metódico, reflexivo y al servicio de una ilusión que da a lo surreal la apariencia de la normalidad.
Andaba por las salas, cada vez más afectada por las obras, pasando cada vez más tiempo delante de ellas cuando me sorprendió un cuadro de Magritte. Vi cuatro manos, dos de ellas en una posición de rechazo y empuje, las otras dos abrazando la cintura de una mujer desnuda. Sin pensármelo más se me ocurrió una escena de acoso, ya que hoy en día todos estamos influidos por las noticias del movimiento #MeeToo que denuncia los abusos sexuales, sin embargo, dudé de mi primer juicio porque este tema no es familiar en la obra de Magritte y porque todavía no había logrado distinguir la estructura de lo que estaba representado. Duró algunos segundos hasta que me di cuenta de que las manos agresivas constituían la prolongación de la parte oscura en el lado izquierdo de la mujer. Se veía solamente el brazo, la cabeza y una parte de una chaqueta de hombre asaltando a su víctima. Prestando atención a la silueta del hombre se notaba que había algunos detalles que no se sometían a una representación real como su brazo superior o el pedazo triangular de la manga de su saco que falta entre las piernas de la mujer con el fin de continuar perfectamente con su silueta. Poco después, oh milagro, pude captar la silueta entera de la mujer delante del fondo grisáceo. Así, la escena violenta se producía dentro de la silueta, lo que podía significar que la expresión de horror que mostraba la cara femenina, no era la señal de un acoso sexual real, sino de una lucha interior que ponía en escena, de manera dramática y desde la perspectiva de la mujer, el demonio con el que cada uno se debe enfrentar. ¿Mujer u hombre? ¿Yo y superyó? Esa revelación facilitaba la lectura del cuadro porque permitía, más allá de la influencia estilística de los artistas contemporáneos a Magritte, como Maillol o Picasso, dar un sentido a los rasgos viriles y al cuerpo masculino de la mujer.
Magritte juega con las opiniones preconcebidas del espectador y lo desestabiliza cuando este va prestando más atención al tema tratando de averiguar el sentido que se esconde detrás de la primera impresión. A primera vista uno puede sentirse un voyeur que mira por el ojo de la cerradura y es testigo de una escena violenta, mientras que, al entrar en detalle, se siente lanzado a su dualidad existencial en la escena de la lucha interior. El artista engaña al espectador. Para este efecto se sirve no solamente de la iconografía, sino también del titulo que dio al cuadro, Los días gigantescos. Magritte une de manera inusual y ambigua dos palabras para definir los días representados en la pintura y así desea despertar en el lector una imagen confusa de la percepción del cuadro. Pero si se toma el sentido de “gigantesco” en su primera acepción derivado de los gigantes de la mitología griega, hombres salvajes o seres divinos, monstruosos e irreductibles luchadores que se rebelan contra los dioses, la lucha interior encarnada en el cuadro de Magritte se presenta al ojo del lector en toda su fuerza.