Descubrimiento del Perú: un crisol grandioso de culturas y paisajes (fin)

6. Machu Picchu, Cuzco y nuestro guía

El viaje común con mi amiga se iba acabando. Emprendimos la última etapa a Cuzco y al Santuario Histórico Peruano de Machu Picchu. Tal vez porque me molestó el ritmo nervioso del viaje o tal vez a causa de la falta de competencia de nuestro guía Enrique, hubo sombras sobre estos días aunque hiciera sol y aunque me encontrara en dos lugares míticos y maravillosos. No pude vivir el momento presente. Digamos que a Enrique le atribuyo gran parte de la culpa. ¿Qué le reprocho? Desde el primer contacto en el aeropuerto de Cuzco y en el coche que nos llevó al hotel no estuve a gusto: su mirada que mostraba a un joven levemente arrogante, sus silencios, su manera de estar sentado y más. Aunque siempre suela dar una segunda oportunidad antes de juzgar prematuramente, en este caso no me equivoqué, estuve segura, y dije en francés – supuse que no entendía este idioma –  a Nicole lo que estaba pensando. Ella trató de matizar mi crítica y de defender al pobre Enrique. Pero muy rápidamente al día siguiente estuvimos de acuerdo. ¿Por qué decía «El pobre Enrique» hablando de sí mismo?  Hizo justamente el error de nombrarse así maniacamente creando una distancia entre sí mismo y su papel como guía. ¡Y qué pretención! Se creía ser un descendiente directo de la línea genealógica de un príncipe inca y estaba esperando con empeño el momento de probarlo con una análisis de ADN y de proclamarlo a todo el mundo. Como no reaccionamos como era debido al oír jactarse de su convicción principesca, lo repitió varias veces, lo que finalmente no mejoró nuestro humor y la opinión que teníamos de él.

¡El pobre Enrique! No tenía ninguna suerte frente a dos profesoras, a no ser que hubiera podido proveernos de suficientes informaciones durante los recorridos. Ni siquiera en relación con esto pudo afirmarse. Cuando al final de nuestra estancia en Cuzco nos en-tregó el formulario de evaluación que debía devolver a su agencia de viaje, no pude menos que escribir una mala apreciación. Espero que su jefe le haya reprendido y que él haya cambiado su actitud con los turistas.

Sí, Cuzco es una ciudad mítica que despide fuerza y protección. No sorprende que fuera la capital del Imperio Inca y que los Españoles la apreciaran mucho construyendo iglesias, palacios y la Plaza de Armas, pero también apelando a lo que ya estaba cons-truido. Muros megalíticos todavía forman el fundamento de los edificios y les dan algo de indestructible, de eterno, de indomable. Se encuentra un ejemplo majestuoso de la solidez de las construcciones incas en el complejo de Sacsayhuaman, una fortaleza ceremonial ubicada a dos kilómetros de Cuzco que ofrece una vista panorámica única de las montañas, los valles y la ciudad. Remito a los numerosos guías que describen de manera exhaustiva la riqueza artística de la ciudad, pero, además de los edificios sagra-dos y profanos, no se debe olvidar mencionar la escuela de pintura cusqueña para rendir honor al rango de Cuzco en el patrimonio cultural de Perú.

Sí, Machu Picchu es una obligación imprescindible. Esta obra maestra inca de arquitectura e ingeniería debe ser parte obligada de un viaje por Perú porque figura entre las siete nuevas maravillas del mundo, porque a pesar de que es un imán turístico todavía hay un velo de misterio sobre el conjunto, porque se ubica en un paisaje de montañas altas e impenetrables que se recorren por un único camino que fue trazado por los Incas y que una expedición sueca redescubrió en el año 1942 y porque tus amigos te preguntarán si estuviste en Machu Picchu. Si quieres evitar una explicación que no será satisfactoria, lo mejor es que conozcas este sitio. Fui allí y no me arrepiento del tour. Pero habría debido acercarme lentamente, a pie, y no tomando el tren y el bus con la masa turística. Así se robaron mis recuerdos. Voy a tratar de explicarme. Sí, recuerdo lo que vi, pero mis recuerdos se solapan con las imágenes que había visto en internet o en los libros, son recuerdos muertos porque no pude vivir un choque emo-cional. Si hubiera subido a Machu Picchu tomando el camino inca – no importa si hubiera hecho una marcha de un día o más -, me habría apropiado del terreno, paso a paso, de un punto de vista al otro, del dolor de pie al dolor de rodilla tal vez, y podría guardar recuerdos vivos incluso sobreembellecidos, pero auténticos.

En el aeropuerto de Lima nuestros caminos se separaron. Despegué a Guayaquil siguiendo a Galápagos, y Nicole se fue a Santiago de Chile para unirse a una amiga suiza y viajar tres semanas por Chile.

No soy una turista, no soy una viajera, pero me gusta marcharme para salir de mi zona de bienestar protectora. Alejarme un kilómetro o mil kilómetros no importa, descubrir y sentir lo nuevo, guardarlo en mi cuerpo para gozar de ello una vez de vuelta en mi hogar y anhelarlo de nuevo porque sé que he perdido la intensidad del momento. Este vaivén del anhelo entre partir y volver me permite ganar la pelea contra la rutina (Paul Morand, 1888-1976) y mantenerme vital.