Descubrimiento del Perú: un crisol grandioso de culturas y paisajes

 

4. El lago Titicaca

 

En la etapa siguiente fuimos al lago Titicaca, a un hotel que estaba situado en la orilla del lago. Al llegar noté cuatro caras conocidas que ya había visto en el restaurante del hotel en el Cañón del Colca y que pude muy pronto definir como provenientes de Suiza – al menos un tipo del grupo – porque reconocí las zapatillas de deporte de la marca ON. Cada Suizo auténtico lleva las ON para hacer deporte, para hacer turismo, para ir por la ciudad, para caminar. Es la marca por excelencia en la Suiza alemana, por lo menos, porque fue desarrollada por un ingeniero de la ETH en Zúrich y porque la población de esta parte de Suiza sigue la moda fuera de lo normal. Nicole les dirigió la palabra en suizo alemán, pero fue recibida fríamente. ¡Llevaba ON! y sobre todo parecía engreído. Dicho sea de paso, yo también  tiendo a comportarme así en la misma situación, pero soy yo y no este Suizo. ¿Por qué menciono a este grupo de compatriotas? Porque nos encontramos en los dos lugares, en el Cañón del Colca y en el hotel en la orilla del lago Titicaca sin tomar el mismo camino. A pesar de las apariencias no es una información de bagatela, pues gracias a que ellos habían tomado otro camino, del Colca a Puno directamente, pudieron ver otras cosas que nosotros nunca vimos, ya que nuestra agencia nos obligó a volver a Arequipa perdiendo así un tiempo muy valioso. Sin embargo, este hecho me permitió recibir una botella de vino que la agencia turística me regaló después de que me había quejado con respecto a este descuido de la organización.

Ahora volvemos al tema. Nuestra guía para la visita de la zona del lago Titicaca, Nelly, logró trasmitirnos su pasión por la cultura de los Uros de la que proviene. Nos explicó que las islas flotantes se construyen con totora, una planta acuática que crece en el lago, y que el pueblo uro sigue viviendo de acuerdo a la tradición ancestral, es decir, habita en las islas en viviendas de totora, se alimenta de la pesca en el lago, de la caza de aves y de la producción agrícola en las zonas alrededor de las islas. También truecan totora para obtener productos que necesitan. En los últimos años el turismo se ha incrementado mucho y ha contribuido al desarrollo de los servicios ofrecidos a los turistas, como por ejemplo el alojamiento en las viviendas, la cocina o la artesanía. Gracias a estos ingresos adicionales los niños pueden ir a la escuela y seguir estudiando en la universidad, lo que, no obstante, esconde el peligro de la despoblación de las islas y también en parte el peligro del desarraigo. En general, parece que la cultura uro, sin embargo, no va a extinguirse. La belleza del lago Titicaca no puede dejar indiferente a nadie. Su inmensidad, su carácter castizo y único, su tranquilidad le atribuyen un sitio privilegiado en mi corazón.

Durante el recorrido visitamos una pequeña isla donde vivía una familia grande. Fuimos acogidas con alegría, la mujeres, que están solas, nos mostraron sus espacios cotidianos, hablaron con nosotros, nos ofrecieron algo de comer. Pasamos unos momentos muy simpáticos. Empero, en la etapa final de la visita me confronté con un rasgo obtuso de mi carácter que conozco desde siempre. Nuestras anfitrionas destaparon las bolsas en las que se encontraban los objetos tejidos y bordados o los objetos de paja y de cerámica que presentaban a los turistas para comprar. Y sentí un poco de amargura, porque me sentí obligada a comprar cosas que no quería comprar y que, sin embargo compré mostrándome una vez más que no era leal conmigo misma. Es lógico que actúen así, y es claro que los turistas lo encuentren normal, y es terriblemente difícil superarme y reorientarme mentalmente para entender la realidad turística. Bueno, o dejamos ahí.

Ya he mencionado el mal de altitud en la entrada precedente. Aquí, en la zona del lago Titicaca estuvimos a una altura de 3800 metros y el mal de altitud le afectó a Nicole con una fuerza imprevista que nos obligó a llamar al médico después de la excursión por el lago. No era más que una piltrafa humana y yo, por suerte solamente, una media piltrafa, porque tenía solamente dolores de cabeza. El médico entró en la habitación, de paso calmo, grande, con la voz suave, como el salvador al que uno se va a entregar. Dijo que el mal de altitud era una lotería que tocaba a una de diez personas no acostumbradas a una altura muy alta. Además de inyecciones de un medicamento que no conozco, prescribió dos sesiones de oxígeno a Nicole y, de pasada, una para mí. Obraron milagros. Insistió en que bebiéramos cinco litros de agua por día, una cantidad poco realista que no pude lograr.

Por la noche recordé las magnificas imágenes de la naturaleza que me había encantado hasta ahora y pensé en como iba a superar los signos de mi cuerpo en los días futuros. Por lo menos sabía como remediar rápidamente la indisposición.