Antes de emprender mi viaje a Perú me había propuesto poner por escrito mis recuerdos aprovechando el español que estoy aprendiendo, usando así el único medio que me gusta y que me ha dado buenos resultados hasta ahora. Me imaginé escribir textos de diferentes tipos a partir de algunas fotografías representativas de los momentos más importantes para dar un toque literario al producto final. Habría querido crear textos en un estilo afín al que empleé en mi libro sobre Yves d’Anglefort. De vuelta en Suiza, me di cuenta de que mi imaginación se había secado. Por eso opté por otro tipo de texto y elegí una forma que mezcla las impresiones personales y la relación de viaje, una forma que finalmente me gusta, pero que se dirige más bien a mí que a otro destinatario, cuyos contenidos, sin embargo, creo necesario compartir.
1. Lima
Ya hace tres semanas que volví de mi estancia en América del Sur y debo de constatar que mis recuerdos se han atenuado de manera muy tangible, aunque me sirva de las pocas fotografías que hice durante el viaje para darles vida. En general las fotografías fijan lo vivido sin darle de nuevo la intensidad del momento. Sea como fuere, lo que fue importante para mí se me queda y nadie podrá robármelo.
Nosotras (es decir Nicole, una amiga que compartió el viaje, y yo) fuimos recogidas en el aeropuerto por el guía que nos acompañó en Lima y conducidas a nuestro hotel situado en Miraflores. Welcome Drink inevitable, ¡un pisco sour!
Partí a Lima teniendo dos imágenes contrarias de la ciudad, basadas en las diferentes perspectivas de dos personas que me habían hablado mucho del Perú, lo que me obligaba a tomar una actitud crítica desde el primer momento. Para una, Lima es una ciudad hermosa; para la otra es una ciudad horrible. Nuestro guía nos mostró en particular el centro histórico, el Convento de San Francisco y el Museo Larco. Esto es lo que por lo menos recuerdo. Además, organicé un tour por los Pueblos Jóvenes, guiado por un ingeniero agrícola alemán que está comprometido con los pobres de Lima ya desde hace 25 años. Nuestros paseos personales se limitaron a Miraflores, puesto que tuvimos que descansar del vuelo y de la diferencia horaria.
Sí, lo que vi paseando por el centro de Lima me gustó, pero no me encantó. A excepción del museo Larco que me emocionó por la riqueza de sus obras expuestas, la claridad de su concepto y el montón de informaciones, todo situado en una villa maravillosa, no encontré un lugar que me impresionara o que me cautivara completamente. Es un museo arqueológico privado que conserva obras provenientes originalmente de los sitios situados en la costa norte del Perú y que su fundador y arqueólogo Rafael Larco Hoyle incrementó con artefactos de otras culturas adquiridos a lo largo de sus viajes por el Perú. Por otro lado, los Pueblos Jóvenes fueron una revelación porque tenía el prejuicio de que iba a encontrar la pobreza que inspira compasión, pero no fue el caso. Me sorprendió sobre todo la enormidad de estas zonas y que fuera posible vivir una vida “normal” en un entorno tan precario. Evidentemente mi sensibilidad política se ha atenuado en el transcurso de mi vida.
Por suerte tuvimos algún tiempo para formarnos una idea del barrio de Miraflores. Fuimos por la tarde al famoso centro comercial Larcomar que está ubicado al borde del acantilado. Por supuesto, mi corazón latió más fuerte al descubrir la vista panorámica sobre la infinita bahía de Lima que se confundía con el cielo gris. Mi corazón latió aún más fuerte también al pensar qué infierno podría ocurrir en caso de sismo, una espada de Damocles que nunca iba a olvidar durante los dos días en Lima porque en mis recorridos iba a ver señalizaciones en cada esquina pidiendo a la población que se dirigiera a este sitio en caso de terremoto. ¡Cuesta acostumbrarse! El centro comercial Larcomar goza también de buena reputación por sus restaurantes. Allí mi nervio gustativo se intensificó al comer, sin exagerar, el más delicioso atún de mi vida. Sin embargo, hubo otro lugar que hizo latir fuerte mi corazón, fuerte y con cariño: en el Parque Kennedy me llamaron la atención los muchos gatos en el césped. Andando por el parque me sorprendió un cartel que explicaba el porqué de la invasión de estos gatos felices y los esfuerzos y el amor dados por las organizaciones privadas para cuidarlos y evitar una propagación perniciosa. De gatos de caza se convirtieron en gatos de salón. Se los alimenta, vacuna, esteriliza, fotografía, admira y adopta. Anhelé adoptar uno, imaginé como llevármelo y sorprender a mi familia con un gato peruano. Por suerte ¡soy realista! Cerca del Parque Kennedy nos sentamos en la terraza de un restaurante de estilo parisino muy acogedor, quizás porque un camarero un poco mayor me atendió de manera muy graciosa e inusual en Suiza.
¿Es Lima una ciudad fea o hermosa? Tal fue el punto de arranque. No estoy de acuerdo con ninguna denominación, menos con la opinión de fealdad. Aunque probablemente haya en Lima barrios que se pueden calificar de feos como en todas las ciudades del mundo, incluso en Zúrich, nunca me sentí mal y nunca tuve la necesidad de irme de un lugar. Lima no es fea. ¿Es Lima hermosa? Tampoco. Por supuesto, admiré objetos, monumentos, zonas muy bellas, pero me faltó el hilo que reuniera esas zonas y las transformara en un conjunto coherente que haga olvidar los huecos que no pertenecen a la idea de belleza. Más bien parece contradictorio caracterizar de manera absoluta una ciudad de 8.5 millones de habitantes que tiene un rico pasado y que sigue expandiéndose rapidísimamente.