Recientemente descubrí a Remedios Varo, una artista española del siglo veinte que participó en el movimiento de los surrealistas en la primera mitad de su vida, pero que se desató en los años cincuenta después de haberse exiliado a México. Es entonces que su pintura adquirió más y más un contenido místico.
Tengo que admitir que nunca sentí afinidad por los surrealistas a excepción del artista belga René Magritte que aprendí a apreciar mejor con motivo de una exposición en Bruselas hace tres años. Entiendo lo que los artistas quieren transmitir, creo que puedo descifrar los símbolos, las metáforas o los signos oníricos, en breve su iconografía, pero el estilo no me habla. ¿En el caso de Remedios Varo por qué recurrir a la iconografía de la Edad Media o del neogótico? ¿Por qué representar la vulva como símbolo femenino en muchas obras? Personalmente pienso que el recurso a los órganos genitales para afirmar su genero, sea la vulva sea el falo, es un proceso de poco valor, que además actualmente ya no significa nada. A lo que íbamos, pues es verdad que el arte de Remedios Varo se coloca en otro tiempo. Ahora bien, a medida que hice desfilar las obras en la pantalla del ordenador se destacaron diferentes pinturas que me tocaron el corazón y opté por Los Amantes, una obra tardía que la artista pintó en 1963, el año de su muerte.

Una pajera enamorada está sentada sobre un banco de parque en un lugar de naturaleza frondosa. Se dan la mano y se miran a los ojos. Y exactamente las caras llaman la atención porque están representadas por dos espejos que deberían reflejar la cara del otro, pero que en verdad refleta su propia cara. Vemos dos caras similares en los espejos, el reflejo del pequeño lunar bajo un ojo dando la prueba. ¿Qué están buscando en el otro? Quizás a su gemelo que le dará el anclaje en el presente gracias al pasado común y tranquilizador en el liquido amniótico, pues tienen los mismos valores, salen del mismo calor íntimo, se comprenden sin palabras. Sin admitírselo, a veces, es lo que une a los amantes en un amor fusión. Además, el gemelo garantizará un futuro animador gracias a las mismas memorias datando de esta época acuática. Pero, de hecho, el gemelo es una ilusión y su búsqueda es vana porque la otra cara es otra persona. Sin embargo, el anclaje sirve de barco de salvamento para superar y olvidar sus propias zonas de sombra que nos hacen tambalear en la vida. Mientras que dure la ilusión, los amantes pueden reunirse en un destello de pasión lisa y armoniosa. Remedios Varo logró bien manifestar sobre la profundidad del inconsciente humano tan pronto como sumerja en el amor pasional.
Al mismo tiempo, hay otro elemento que subraya la pasión de los amantes, son los vapores que sacan de los cuerpos. Los sacan en chorros de las partes particularmente aptas a exteriorizar los sentidos de amor como las manos, el corazón, la garganta y las axilas, se juntan subiendo hasta el cielo, aunque aquí perdiendo de su intensidad, para últimamente bajar en forma de lluvia. El amor está disminuyendo y va a ahogarse en las aguas ya progresando hasta la mitad de las pantorrillas de los amantes. No se dan cuenta de que lo trágico del amor se anuncia y que sí mismos corren a su perdición.
Sin duda, Los Amantes de Remedios Varo abarcan rasgos muy poéticos. Aunque parezca bastante banal poner en analogía el fenómeno de la pasión con un fenómeno meteorológico, no falta poesía porque la artista da una explicación ingenua y mística al milagro del amor con el fin de tocar la fibra empática y soñadora del espectador. Sin embargo, Remedios Varo disturba la gracia de la escena amorosa cuando da a la cara de los amantes un aspecto impasible y andrógino. Gracias a este proceso denodado – y encuentro incluso irónico – la representación del sentido amoroso se enriquece de una discusión psicológica. Como lo he mencionado arriba los amantes se equivocan al buscar el amor en lo que podría ser su doble de manera que este deslumbramiento impide que la excitación amorosa usurpe la fachada humana. La cara se queda inexpresiva, los cuerpos están sentados tiesos como petrificados, la pasión que gracias a los vapores se hace visible en esta pintura, pero que habitualmente se entiende como un sentido fuerte e indomable, se asemeja sin más a un fenómeno de metabolismo controlado por la razón. Son estas contradicciones subyacentes el mensaje que presta su fuerza al cuadro.
